Rami Abu Salah
Aún resuena tu voz, mi señora, en lo alto,
me invade el alma y en mí vive su eco.
Si escucho apenas unas pocas letras,
mi corazón entona su lamento.
Todo mi ser se rinde ante su hechizo,
yo, a quien nadie jamás logró vencer sino él.
Es mi suspiro, mi dolor constante,
pero también la medicina de mi ser.
Pues a veces la herida lleva el remedio,
y aquello que más hiere... también puede sanar.
Sembró en mi pecho sueños como estrellas,
para encender la luz del amor más hermoso.
¡Oh estrella que ilumina al caminante,
guía el sendero de quien se perdió!
Si estos versos pudieran ser nubes,
sobre el cielo que junto a ti contemplo,
haría de cada nube un beso
que rodeara tus labios con ternura.
Si la lámpara de los sueños estuviera en mis manos,
llamaría a un hada de dulce morada
y le pediría cambiar mi universo,
hasta que tu rostro fuera cuanto vieran mis ojos.
No te sorprendas si tu voz permanece eterna,
grabada en mi corazón, imposible de olvidar.
Cada vez que intento borrar una parte de ella,
todos mis sentidos se alzan para protegerla.
Y me dicen:
«¡Ay de ti! ¿Cómo pretendes matar nuestra fe?
¿Renegarás de una voz por la que daríamos la vida?»
Los versos han sido testigos de nuestro amor:
en esta vida no existe otro igual.
Si jurara cuánto me consume la añoranza,
hasta mis poemas perderían el rumbo entre sus líneas.
Dime, por Dios, ¿cómo encuentra cura
este corazón agotado por su pena?
¿Cuál es la respuesta, señora mía,
si tú eres mi médica
y yo un enfermo abandonado por la medicina?
Porque tu distancia, amada mía,
se parece al médico
que da la espalda a sus propios pacientes.