Rami Abu Salah
Jerusalén, cuna de Jesús y de María,
historia nuestra y nuestro pasado,
y la ascensión de un Profeta hacia lo alto
desde el suelo de nuestras tierras.
Son mensajes que vienen de Dios,
sembrados y esparcidos
sobre la tierra de Palestina.
El Día de la Tierra,
y el Día del Honor,
y la voz de los prisioneros
que mantiene viva nuestra esperanza.
El hambre que habita en las entrañas
da a la libertad un nuevo significado,
y a ella se añadirán
todos nuestros sentidos y memorias.
La oscuridad de las celdas la borraremos
cuando liberes nuestros sueños;
pues no existe fuerza en el universo
capaz de enfrentar
un derecho grabado en un corazón,
guardado como guardamos nuestros nombres.
En la tierra de Abraham,
la belleza del santuario
se transformó en dolor;
llora la judaización
y con ella nos hace llorar.
Las moradas de Jacob y José,
las huellas de los cananeos,
y la muralla imponente de Acre,
escriben una historia
que basta para recordarnos quiénes somos.
En mi patria, nuestra sangre se abraza
con una tierra que nos ama;
la ves entonces cubrirnos,
envolvernos y protegernos.
Y el alma nos abandona alegre,
porque en el Paraíso nos encontraremos.
En mi patria hay una tierra que nos ama,
y la muerte vuelve para darnos vida.
Un cielo que abrió sus puertas,
al que llamamos
y que también nos llama.
Y los ejércitos de Dios ante el Paraíso
permanecen esperando
a un pueblo que asciende hacia la eternidad.