Rami Abu Salah
¡Oh, despojado de patria!, tus senderos se han estrechado,
sesenta años de reproches el silencio ha guardado.
La llave de tu casa está oxidada, ya no intentes repararla,
muros y barrios cayeron, no hay forma de restaurarla.
Donde estuvo tu hogar en Haifa, hoy se alza una escuela,
para los hijos de judíos...
Y un balneario donde descansan de cualquier fatiga o secuela.
Tel Aviv ha cambiado sus formas y su apariencia,
si la visitas hoy, volverás a sentir la misma carencia.
De la antigua era no queda rastro ni señal alguna,
pues ahora es lugar de ocio bajo la luz de la luna.
¡Oh, despojado de patria!, no preguntes a la historia,
mienten los libros y miente quien narra la memoria.
Dijeron que el arabismo a Jerusalén protegería,
mas la verdad es que el árabe fue causa de la agonía.
No esperes de ellos apoyo ni mano que te sostenga,
si se ven obligados prometen, mas no hay palabra que se mantenga.
¡Oh, despojado de patria!, ten paciencia y espera...
¿Acaso preguntaste a la tierra por su gente verdadera?
¿Por sus dueños legítimos,
que en sus rincones crecieron bajo una misma bandera?
Te responderán los árboles y las piedras del camino,
y la arena húmeda de la playa que marca tu destino.
Las brisas abrazarán tu cabello con dulce anhelo,
pues te extrañan y se acercan buscando tu consuelo.
Alza tu voz para que regreses con honor y gloria,
no se pierde el derecho que se reclama con victoria.
¡Oh, despojado de patria!, no llores por lo que ha pasado,
pues cuanto más larga es la noche, más cerca el alba ha llegado.
El triunfo en tus ojos está dibujado para quien lo advierta,
aunque el dolor y el cansancio lo oculten tras una puerta.
Pero es un derecho firme como el sol en su esplendor,
cuya luz siempre brilla aunque las nubes causen temor.